Camerún es, en palabras que se han convertido ya en tópico geográfico, el «África en miniatura». Y sin embargo, pocas fórmulas resultan tan justas: en un territorio de apenas 475.000 kilómetros cuadrados conviven la costa atlántica de manglares y playas volcánicas, la selva ecuatorial densa del sur, las sabanas del centro, las tierras altas de praderas onduladas del oeste y el sahel semidesértico del extremo norte, coronado por las dunas y los uadis que anuncian la cuenca del lago Chad. Sobre este escenario de contrastes viven cerca de 28 millones de personas repartidas en más de 250 grupos étnicos, cada uno con su lengua, su memoria y su manera de habitar el mundo. Pocos países africanos concentran en un espacio tan reducido semejante densidad de paisajes humanos.
La historia de Camerún es también un compendio de las vicisitudes coloniales del continente. Protectorado alemán desde 1884 bajo el nombre de Kamerun, el territorio fue dividido tras la Primera Guerra Mundial entre Francia y el Reino Unido en virtud de mandatos de la Sociedad de Naciones. Esa partición dejó una huella indeleble: el Camerún francófono, que abarca ocho de las diez regiones, obtuvo la independencia en 1960; el Camerún anglófono, formado por las regiones del Noroeste y del Suroeste, se unió a la república en 1961 tras un plebiscito. La coexistencia de dos lenguas oficiales —francés e inglés— y de dos tradiciones jurídicas y educativas diferentes constituye uno de los rasgos más singulares del país, y también una de sus tensiones más persistentes, como demuestra la crisis anglófona que sacude las regiones occidentales desde 2016.
Más allá de las fronteras lingüísticas heredadas del colonialismo, la verdadera cartografía cultural de Camerún se traza en clave étnica. En las tierras altas del oeste, las jefaturas bamiléké han levantado durante siglos una civilización de reyes-sacerdotes, máscaras con cuentas y cooperativas financieras que hoy impulsan la economía urbana del país. En los bosques del sur, los fang han creado un arte escultórico que cambió la historia del arte europeo cuando Picasso y sus contemporáneos descubrieron las figuras del byeri. En el norte saheliano, los emires fulani gobiernan desde el siglo XIX ciudades amuralladas donde el islam, el ganado y la poesía épica tejen una cultura de refinamiento cortesano. En la espesura de la selva oriental, los baka mantienen un modo de vida cazador-recolector cuya polifonía vocal ha sido reconocida por la UNESCO como patrimonio de la humanidad. Y en la costa, los duala dieron nombre a la mayor ciudad del país y forjaron, desde sus piraguas de comercio, una identidad urbana y cosmopolita que sigue definiendo a Douala.
En esta guía de Etnias Africanas presentamos cinco de los pueblos más representativos de Camerún, seleccionados por su peso demográfico, su relevancia histórica y la singularidad de sus tradiciones. Juntos dibujan un arco que va del sahel al mar, de la selva a la montaña, y permiten comprender por qué este país centroafricano merece, con toda justicia, su apodo de continente en miniatura.
Etnias de Camerún
Bamiléké — Con aproximadamente tres millones de personas, los bamiléké son uno de los grupos étnicos más numerosos e influyentes de Camerún. Originarios de las tierras altas del oeste, donde las colinas fértiles se elevan entre los 1.400 y los 2.000 metros de altitud, han desarrollado una civilización organizada en torno a jefaturas independientes gobernadas por un fon (rey-sacerdote). Cada jefatura posee su propia corte, sus sociedades secretas y sus rituales de entronización. El arte bamiléké —máscaras de elefante cubiertas de cuentas, tronos perlados, esculturas de madera— es reconocido internacionalmente y ocupa vitrinas en los grandes museos de Europa y América. Pero quizá lo que más distingue a este pueblo es su extraordinaria capacidad emprendedora: el sistema de tontines (cooperativas rotativas de ahorro) ha financiado innumerables negocios y ha convertido a los bamiléké en una de las comunidades comerciales más dinámicas de todo el continente.
Fang — Los fang, con unos 2,5 millones de miembros repartidos entre Camerún, Guinea Ecuatorial y Gabón, habitan los densos bosques ecuatoriales del sur del país. Su historia es la de un pueblo migrante que, llegando desde las sabanas del norte, se adentró en la selva y desarrolló una cultura de una intensidad artística excepcional. Las figuras de relicario del byeri —esculturas que custodiaban los cráneos de los antepasados— ejercieron una influencia decisiva en las vanguardias europeas de principios del siglo XX: Picasso, Matisse y Vlaminck quedaron fascinados por su geometría expresiva y su capacidad de condensar la presencia espiritual en formas depuradas. La sociedad fang se organiza en clanes patrilineales sin autoridad centralizada, y el mvet, un arpa-cítara acompañada de narración épica, constituye su expresión literaria y musical más emblemática.
Fulani — Los fulani de Camerún, conocidos localmente como peul o foulbé, suman alrededor de tres millones de personas concentradas en las regiones septentrionales del país: el Adamawa, el Norte y el Extremo Norte. Su presencia en Camerún está ligada a la yihad de Usman dan Fodio en el siglo XIX, que impulsó la creación del Emirato de Adamawa, un estado islámico gobernado por lamibe (emires) cuya autoridad sigue siendo determinante en la vida política y social de la región. Los fulani cameruneses combinan la tradición pastoril nómada de sus ancestros —con sus célebres rebaños de cebúes de largos cuernos— con una cultura urbana refinada donde la caligrafía árabe, la arquitectura de adobe y la poesía en fulfulde se entrelazan. Su influencia ha sido decisiva en la islamización del norte de Camerún y en la configuración de su paisaje cultural.
Baka — Los baka, con una población estimada entre 40.000 y 70.000 personas, son un pueblo de cazadores-recolectores que habita los bosques tropicales del sureste de Camerún, extendiéndose también hacia la República del Congo, Gabón y la República Centroafricana. Durante milenios han desarrollado un conocimiento enciclopédico de la selva —plantas medicinales, técnicas de caza con red, recolección estacional de miel y frutos—, que les permite vivir en simbiosis con uno de los ecosistemas más complejos del planeta. Su polifonía vocal, en la que varias voces independientes se entrelazan en patrones de una complejidad asombrosa, ha sido reconocida por la UNESCO como obra maestra del patrimonio inmaterial de la humanidad. Los baka representan una de las formas de vida más antiguas de la cuenca del Congo, y su supervivencia está hoy amenazada por la deforestación, la creación de áreas protegidas que limitan su acceso al bosque y la presión de las poblaciones sedentarias vecinas.
Duala — Los duala, con cerca de un millón de personas, son el pueblo costero por excelencia de Camerún y dieron nombre a Douala, la capital económica y la ciudad más poblada del país. Desde sus asentamientos a orillas del estuario del río Wouri, los duala desarrollaron durante siglos una próspera actividad comercial como intermediarios entre los pueblos del interior y los mercaderes europeos que llegaban por mar. Su organización social se estructura en torno a grandes familias dirigidas por jefes (manga), y su cultura se expresa en el célebre festival Ngondo, una ceremonia anual en la que los duala rinden homenaje al mundo acuático, consultan a los espíritus del agua y celebran carreras de piraguas en el Wouri. La lengua duala, de la familia bantú, fue una de las primeras lenguas camerunesas en ser codificada por los misioneros y sirvió como lengua franca comercial a lo largo de toda la costa.
Mosaico ecológico, mosaico humano
La extraordinaria diversidad étnica de Camerún no se explica sin atender a su geografía. Cada franja ecológica del país ha favorecido modos de vida distintos que, a lo largo de los siglos, han cristalizado en identidades culturales diferenciadas. El norte saheliano, con sus largos meses de sequía y sus llanuras de inundación estacional, es el dominio de los pueblos pastoriles fulani y de agricultores como los masa y los musgum, célebres por sus casas cónicas de barro. Las tierras altas del oeste, con suelos volcánicos fértiles y un clima templado, albergaron las densas poblaciones bamiléké y bamum, organizadas en jefaturas rivales que competían en esplendor artístico. La selva ecuatorial del sur y el este, con su dosel cerrado y su biodiversidad prodigiosa, ha sido el hogar tanto de los pueblos bantúes agricultores como de los cazadores-recolectores baka, cuyo modo de vida depende íntimamente del bosque. Y la franja costera, con sus puertos naturales y sus manglares, dio origen a los pueblos comerciantes sawa —duala, bakweri, batanga— que mediaron entre el interior y el Atlántico.
Esta correspondencia entre ecología y cultura no es rígida: las migraciones históricas, el comercio transahariano y transatlántico, y las políticas coloniales de desplazamiento han mezclado poblaciones y creado zonas de contacto donde las lenguas se hibridan, los rituales se comparten y las identidades se negocian. Pero el vínculo entre paisaje y pueblo sigue siendo una clave esencial para comprender la composición étnica del país.
Arte, espiritualidad y patrimonio
Camerún ocupa un lugar singular en la historia del arte africano. Las esculturas fang del byeri transformaron la estética europea a principios del siglo XX, pero la riqueza artística del país va mucho más allá: los tronos con cuentas de los bamiléké, las máscaras reales del sultanato bamum, las cerámicas rituales de los mambila y los tejidos de rafia de los grassfields constituyen un patrimonio de una variedad y una calidad excepcionales. Gran parte de este arte está vinculado a la espiritualidad: las figuras de relicario custodian la memoria de los ancestros, las máscaras encarnan fuerzas sobrenaturales en las ceremonias de las sociedades secretas, y los objetos de prestigio —taburetes, pipas, recipientes de calabaza decorados— marcan el rango social y la proximidad al poder.
La música camerunesa ha alcanzado también una proyección internacional notable. El makossa, nacido en Douala y popularizado mundialmente por Manu Dibango con su legendario «Soul Makossa» de 1972, fusiona ritmos tradicionales duala con jazz, funk y soul. El bikutsi, originario de la cultura beti del centro, es una música de percusión enérgica y letras satíricas que se ha convertido en símbolo de identidad cultural. Y la polifonía baka, con sus patrones vocales entrelazados que imitan los sonidos del bosque, representa una tradición musical de una antigüedad y una sofisticación que siguen fascinando a etnomusicólogos de todo el mundo.
Desafíos contemporáneos y convivencia
La convivencia entre los más de 250 grupos étnicos de Camerún no ha sido siempre pacífica, pero ha generado mecanismos de adaptación y negociación cultural de notable eficacia. El francés y el inglés funcionan como lenguas vehiculares que permiten la comunicación entre comunidades lingüísticamente distantes, mientras que lenguas como el fulfulde en el norte, el ewondo en el centro o el duala en la costa ejercen de lenguas francas regionales. El matrimonio interétnico, especialmente frecuente en las grandes ciudades como Douala y Yaundé, contribuye a difuminar las fronteras identitarias y a crear una cultura urbana mestiza y cosmopolita.
Sin embargo, los desafíos son considerables. La crisis anglófona, que desde 2016 enfrenta a las regiones del Noroeste y del Suroeste con el gobierno central, ha provocado desplazamientos masivos y una fractura social que trasciende lo lingüístico. En el norte, la amenaza de Boko Haram ha desestabilizado comunidades enteras en el Extremo Norte. Los pueblos cazadores-recolectores como los baka ven su territorio reducido por la tala industrial y la creación de parques nacionales que les niegan el acceso a sus tierras ancestrales. Y la presión demográfica, con una de las tasas de crecimiento poblacional más altas de África, intensifica la competencia por la tierra y los recursos en un país donde la agricultura sigue siendo la actividad principal de la mayoría de la población.
Camerún es, en definitiva, un país donde la diversidad no es un eslogan turístico sino una realidad vivida cotidianamente en mercados, escuelas, iglesias y mezquitas. Comprender a sus pueblos —desde los emires fulani del norte hasta los pescadores duala de la costa, desde los agricultores bamiléké de las tierras altas hasta los cazadores baka de la selva— es adentrarse en una de las experiencias culturales más ricas y complejas del continente. Cada grupo étnico camerunés aporta una pieza insustituible al mosaico de las Etnias Africanas, y juntos demuestran que la idea de un «África en miniatura» es mucho más que una metáfora geográfica: es la expresión de una convivencia entre mundos que llevan siglos aprendiendo a compartir un mismo territorio.