Tribus en Mali


En el año 1324, un hombre cruzó el Sahara con una caravana de sesenta mil personas, doce mil esclavos portando barras de oro, ochenta camellos cargados cada uno con ciento treinta kilos del metal precioso y un séquito de esposas, soldados, músicos y eruditos que dejó estupefacto a todo el mundo mediterráneo. Aquel hombre era Mansa Musa, emperador de Mali, y su peregrinación a La Meca provocó una inflación del precio del oro en El Cairo que tardó una década en corregirse. Los historiadores económicos lo consideran, ajustando los cálculos a valores actuales, la persona más rica que ha existido jamás. Su imperio, que se extendía desde la costa atlántica hasta los confines del Sahara, albergaba ciudades como Tombuctú y Djenné, donde se copiaban manuscritos, se debatía teología y se enseñaba astronomía cuando buena parte de Europa aún emergía de la oscuridad medieval. Mali no es solo un país del Sahel azotado por la sequía y el conflicto: es el heredero de una de las civilizaciones más brillantes que ha producido el continente africano, y sus pueblos —bambara, dogon, bozo, tuareg, peul, soninké, songhai y una veintena más— son los depositarios de una riqueza cultural que ninguna crisis contemporánea puede borrar del mapa de la historia.

Este artículo es la puerta de entrada a nuestra serie sobre las etnias de Mali: un recorrido por los pueblos que habitan un territorio donde el desierto se encuentra con la sabana, el río Níger traza un arco vital de dos mil kilómetros y las tradiciones orales conservan la memoria de imperios que cambiaron el curso del mundo. Mali es un país donde conviven más de treinta grupos étnicos, cada uno con su lengua, su cosmogonía, sus artes y sus modos de vida; donde un griot puede recitar de memoria las genealogías de familias enteras remontándose al siglo XIII; donde una máscara tallada en madera puede contener más filosofía que un tratado académico. Aquí presentamos los perfiles publicados hasta ahora y el contexto histórico imprescindible para comprender la complejidad de este país extraordinario.

Etnias de Mali: pueblos entre el desierto y el río

Mali alberga una diversidad étnica formidable en un territorio tres veces mayor que España. Los pueblos que hemos documentado hasta ahora representan tres modos de vida radicalmente distintos —el agricultor del acantilado, el señor de la sabana y el pescador del río— que durante siglos han coexistido, se han enfrentado y se han enriquecido mutuamente en un equilibrio frágil y fascinante.

Los dogon, con sus aproximadamente ochocientas mil personas aferradas a los acantilados de Bandiagara (Patrimonio de la Humanidad UNESCO), son quizá el pueblo más estudiado del África occidental. Su cosmogonía, que incluye la controvertida descripción de la estrella Sirio B siglos antes de su descubrimiento telescópico, sus espectaculares ceremonias de máscaras —la kanaga, la sirige, el dama funerario—, su arquitectura vertical heredada de los misteriosos tellem y su tenaz resistencia a la islamización los convierten en un caso único de preservación cultural en el corazón del Sahel. La toguna, su edificio de reunión con techo bajo para que nadie pueda levantarse a pelear, es una metáfora arquitectónica de la paz que el mundo debería estudiar.

Los bambara (bamana) son el grupo étnico más numeroso de Mali, con cerca de cinco millones de personas, y el que más ha modelado la identidad nacional. Fundadores del Imperio de Segú en el siglo XVIII, creadores del chi wara —la cimera-antílope que es uno de los iconos más reconocibles del arte africano—, inventores del bògòlanfini (tela de barro) que hoy desfila en pasarelas internacionales y guardianes de sociedades secretas iniciáticas de una complejidad formidable (Komo, Koré, N’tomo), los bambara son la columna vertebral cultural de un país donde su lengua, el bamanankan, funciona como lingua franca hablada por más de quince millones de personas. Su islamización tardía y sincrética, su tradición oral vehiculada por los griots y su sistema de castas profesionales ofrecen una ventana privilegiada a la sociedad del África occidental.

Los bozo, los «amos del río Níger», son un pueblo de pescadores hereditarios de aproximadamente medio millón de personas cuya existencia gira enteramente en torno al delta interior del Níger y la milenaria ciudad de Djenné. Creadores del sogobo, un teatro de marionetas de una riqueza narrativa y visual extraordinaria, y protagonistas de la sanankuya (parentesco de broma) con los dogon —una institución de diplomacia interétnica basada en el insulto ritualizado que previene el conflicto—, los bozo enfrentan hoy amenazas convergentes: las presas que alteran el régimen del río, la sequía, la sobrepesca y la violencia yihadista que ha convertido el delta en zona de guerra.

A estos tres pueblos debemos añadir a los tuareg, los nómadas del Sahara que habitan el inmenso norte de Mali y cuya historia de rebeliones, resistencia y reivindicación territorial marca la política maliense desde la independencia. Sobre los tuareg ya hemos escrito ampliamente en nuestra sección dedicada al norte de África.

Los imperios de Mali: Ghana, Mali y Songhai

El territorio que hoy llamamos Mali fue el escenario de tres imperios sucesivos que figuran entre los más poderosos de la historia precolonial africana, y cuya influencia se extendió desde el Atlántico hasta el lago Chad y desde el Sahara hasta la selva tropical. Comprender estos imperios es comprender por qué Mali no es un «Estado fallido» producto de fronteras coloniales arbitrarias, sino un espacio político con más de mil años de historia estatal.

El Imperio de Ghana (no confundir con la actual República de Ghana, situada más al sur) floreció entre los siglos IV y XIII en la región fronteriza entre el actual Mali y Mauritania. Controlado por los soninké, un pueblo mandé emparentado con los bambara, Ghana debía su riqueza al control de las rutas comerciales transaharianas y, sobre todo, a los yacimientos auríferos del alto Senegal y el alto Níger. Los comerciantes árabes que visitaron Ghana la describieron como una corte de un esplendor asombroso, donde el rey se sentaba en un trono adornado con oro y los perros de la guardia real llevaban collares del mismo metal. La decadencia de Ghana, acelerada por la presión de los almorávides (dinastía bereber que lanzó una yihad contra el imperio en el siglo XI) y por la desertificación progresiva de sus territorios, dejó un vacío que tardaría poco en llenarse.

El Imperio de Mali (c. 1235-1600) nació de las cenizas de Ghana bajo el liderazgo de Sunjata Keïta, cuya epopeya —transmitida oralmente por los griots durante casi ocho siglos— es la Ilíada del África occidental. Sunjata derrotó al tirano Soumaoro Kanté en la batalla de Kirina (1235) y fundó un imperio que alcanzaría su máxima extensión bajo Mansa Musa (r. 1312-1337), abarcando desde la costa atlántica de Senegal y Gambia hasta el corazón del actual Níger, y desde los confines del Sahara hasta los bosques de Guinea. La riqueza de Mali procedía del oro de Bambuk y Buré, del comercio de sal sahariana, de la agricultura del delta del Níger y de una red comercial que conectaba el África subsahariana con el Mediterráneo y, a través de él, con Europa y Oriente Medio. Mansa Musa no solo fue inmensamente rico: fue un gobernante ilustrado que fundó mezquitas y madrazas, invitó a arquitectos y eruditos del mundo islámico y convirtió a Tombuctú en un centro de saber que rivalizaba con Fez, El Cairo y Bagdad.

El Imperio Songhai (c. 1464-1591) fue el sucesor y rival de Mali, con capital en Gao, a orillas del Níger. Bajo los reinados de Sonni Alí Ber (r. 1464-1492) y Askia Muhammad (r. 1493-1528), Songhai se convirtió en el mayor estado de la historia de África occidental, controlando un territorio que se extendía desde las fronteras del actual Nigeria hasta Senegal. Askia Muhammad organizó una administración sofisticada con provincias gobernadas por funcionarios nombrados, un ejército profesional con una flota fluvial en el Níger y un sistema fiscal eficiente. Tombuctú alcanzó bajo Songhai su máximo esplendor intelectual: la Universidad de Sankoré albergaba a veinticinco mil estudiantes y sus bibliotecas contenían cientos de miles de manuscritos sobre teología, derecho, astronomía, medicina y matemáticas. La destrucción del Imperio Songhai por la invasión marroquí de 1591 —un ejército equipado con armas de fuego que cruzó el Sahara desde Marrakech— marcó el fin de la era imperial en el Sahel occidental y el comienzo de una fragmentación política que la colonización francesa aprovechó tres siglos después.

Tombuctú y la tradición del saber

Tombuctú es, junto con Atenas, Alejandría y Bagdad, uno de los nombres que la humanidad asocia espontáneamente con el conocimiento. Fundada hacia el siglo XI como campamento estacional de los tuareg, la ciudad se convirtió bajo los imperios de Mali y Songhai en un centro intelectual de alcance continental. La mezquita de Djinguereber, construida por Mansa Musa a su regreso de La Meca (1327) con el arquitecto andalusí Abu Ishaq al-Sahili, la mezquita de Sankoré y la mezquita de Sidi Yahia —las tres Patrimonio de la Humanidad— no eran solo lugares de culto: eran universidades donde se enseñaba el Corán, la jurisprudencia malikí, la gramática árabe, la retórica, la lógica, la astronomía y las matemáticas.

El legado más extraordinario de Tombuctú son sus manuscritos: se estima que entre cien mil y setecientos mil documentos escritos en árabe, en fulfulde y en songhai se conservan en bibliotecas familiares privadas, muchos de ellos en condiciones precarias de conservación. Estos manuscritos, que datan del siglo XIII al XIX, cubren una gama temática que desmiente el estereotipo del África iletrada: tratados de astronomía que describen eclipses, textos jurídicos que regulan el comercio y la propiedad, cartas diplomáticas entre soberanos sahelianos y sultanes marroquíes, poesía mística sufí, manuales de farmacopea y crónicas históricas como el Tarikh al-Sudan y el Tarikh al-Fattash, fuentes imprescindibles para la historia del África occidental. El proyecto de digitalización de estos manuscritos, impulsado por instituciones como la Biblioteca Ahmed Baba (SAVAMA-DCI) y financiado por organizaciones internacionales, es una carrera contra el tiempo: la ocupación yihadista de 2012-2013 destruyó varios miles de documentos, y la fragilidad del papel, la humedad y las termitas amenazan lo que la violencia no ha alcanzado.

Tombuctú representa algo más que un acervo bibliográfico: es la prueba material de que el África subsahariana produjo una tradición intelectual escrita, sofisticada y autónoma siglos antes de la colonización europea. Cuando los exploradores europeos del siglo XIX «descubrieron» Tombuctú y la encontraron en declive, su decepción alimentó el mito racista de que África no había producido civilización escrita. Los manuscritos de Tombuctú desmienten ese mito de forma irrefutable.

El Mali contemporáneo: crisis del Sahel, golpes de Estado y la sombra de Wagner

El Mali del siglo XXI es un país atrapado en una espiral de crisis superpuestas cuya complejidad desafía las explicaciones simples. La rebelión tuareg de 2012, que proclamó brevemente la independencia del Azawad (el norte de Mali), fue rápidamente instrumentalizada por grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) que impusieron la sharía en Tombuctú, Gao y Kidal, destruyeron mausoleos sufíes declarados Patrimonio de la Humanidad y quemaron manuscritos ancestrales. La intervención militar francesa (Operación Serval, enero de 2013) recuperó las ciudades del norte pero no eliminó la insurgencia, que se desplazó al centro del país —el territorio de los dogon, los bozo y los peul— y se metastasizó en una violencia intercomunitaria que ha causado miles de muertos y cientos de miles de desplazados.

Dos golpes de Estado sucesivos (agosto de 2020 y mayo de 2021) llevaron al poder a una junta militar encabezada por el coronel Assimi Goïta, que rompió la alianza con Francia, expulsó a las fuerzas francesas y de la misión de la ONU (MINUSMA, retirada en 2023), y contrató los servicios del Grupo Wagner (renombrado Africa Corps tras la muerte de Prigozhin), la empresa militar privada rusa acusada de cometer atrocidades en varios países africanos. Los informes de organizaciones de derechos humanos documentan masacres de civiles perpetradas conjuntamente por el ejército maliense y mercenarios rusos en el centro del país, particularmente contra comunidades peul sospechosas de simpatizar con los yihadistas. La situación humanitaria es catastrófica: según la ONU, más de siete millones de malienses (un tercio de la población) necesitan asistencia humanitaria, y el país ocupa los últimos puestos en el índice de desarrollo humano.

En este contexto, la riqueza cultural de Mali —sus músicos, sus artesanos, sus griots, sus arquitectos de adobe, sus tradiciones de convivencia interétnica como la sanankuya— no es una reliquia del pasado sino un recurso de supervivencia. Los malienses han demostrado a lo largo de los siglos una capacidad extraordinaria para reinventarse, para absorber invasiones, sequías e imperios sin perder el hilo de su identidad. El desafío actual no es menor que los anteriores, pero la profundidad histórica de este país —que ha visto nacer y morir imperios, que ha sobrevivido a la trata esclavista, a la colonización y a la Guerra Fría— ofrece razones para creer que Mali encontrará, una vez más, su camino. Los pueblos que describimos en esta serie —dogon, bambara, bozo, tuareg y los que están por venir— son la prueba viva de esa resiliencia.

Explora más sobre los pueblos de esta región en nuestra guía de tribus del África Occidental.