Tribus en Tanzania


Etnias de Tanzania: pueblos, lenguas y culturas del corazón de África

Existe un país en el África Oriental que concentra, en sus novecientos cuarenta y cinco mil kilómetros cuadrados, una densidad de maravillas naturales y humanas que desafía la imaginación. Tanzania alberga el Serengeti, la llanura donde cada año dos millones de ñus y cebras ejecutan la mayor migración terrestre del planeta. En su frontera septentrional se alza el Kilimanjaro, la montaña más alta de África, con sus nieves que Hemingway inmortalizó y que el cambio climático está borrando. En la garganta de Olduvai, entre las colinas polvorientas del norte, los paleoantropólogos Louis y Mary Leakey descubrieron los restos de nuestros antepasados más remotos, convirtiendo este rincón de Tanzania en la cuna de la humanidad. Y en las aguas turquesas de Zanzíbar, el archipiélago que durante siglos fue el corazón del comercio del Índico occidental, se mezclan las especias, las lenguas y las culturas de Arabia, la India, Persia y el continente africano en un crisol que dio origen al suajili, la lengua que hoy unifica a más de cien millones de hablantes desde Mombasa hasta Lubumbashi.

Pero Tanzania es, ante todo, un mosaico humano de una complejidad extraordinaria. Más de 120 grupos étnicos conviven dentro de sus fronteras, hablando lenguas de cuatro familias lingüísticas diferentes —bantú, nilótica, cushítica y joisana— y practicando modos de vida que abarcan desde la caza-recolección de la Edad de Piedra hasta la agricultura agroforestal más sofisticada del trópico, pasando por el pastoreo nómada, el comercio de larga distancia y la pesca en el mayor lago del continente. Y sin embargo, a diferencia de muchos de sus vecinos, Tanzania ha logrado mantener una estabilidad política notable desde su independencia en 1961, en gran parte gracias a la visión de Julius Nyerere, el maestro de escuela convertido en padre de la nación, cuya política de Ujamaa (socialismo africano) y cuya promoción del suajili como lengua nacional crearon un sentimiento de identidad compartida que, con todas sus imperfecciones, ha evitado los conflictos étnicos que devastaron a Ruanda, Burundi y Kenia. Conocer las etnias de Tanzania es asomarse a esta extraordinaria capacidad de convivencia en la diversidad, pero también a las tensiones silenciosas que la hacen posible y a las injusticias que oculta.

Etnias de Tanzania: cinco pueblos, cinco mundos

En esta serie de artículos hemos explorado en profundidad cinco pueblos de Tanzania que representan cinco formas radicalmente distintas de habitar el mismo país. Cada uno de ellos encarna una respuesta diferente a los desafíos del entorno, la historia y la modernidad, y juntos componen un retrato de Tanzania que trasciende los safaris y las playas para adentrarse en lo que verdaderamente importa: las personas.

Los hadzabe, apenas 1.300 personas en las orillas del lago Eyasi, son los últimos cazadores-recolectores de África junto con los san del Kalahari. Sin agricultura, sin ganadería, sin viviendas permanentes y sin jerarquía social, su existencia es un espejo de lo que fuimos durante cientos de miles de años. Su lengua, el hadzane, con sus clics consonánticos, es un aislado lingüístico que no guarda parentesco demostrado con ninguna otra lengua del mundo. Su supervivencia depende de que alguien decida que su modo de vida merece existir.

Los chagga, unos dos millones de personas en las laderas del Kilimanjaro, son uno de los pueblos más prósperos y educados del África Oriental. Su sistema agroforestal kihamba, que combina plátanos, café, hortalizas y ganado estabulado en huertos familiares de extraordinaria complejidad ecológica, ha sido propuesto para el reconocimiento de la UNESCO. Sus túneles defensivos contra las incursiones masái, sus canales de irrigación y sus cooperativas cafeteras revelan una capacidad de organización e innovación que desmiente cualquier estereotipo sobre la África rural.

Los sukuma, con aproximadamente diez millones de personas, son la etnia más numerosa de Tanzania y paradójicamente una de las menos conocidas fuera del país. Sus sociedades de danza competitiva —Bagika y Bagalu— constituyen una tradición artística y social sin paralelo en el continente. Sus grupos de vigilancia comunitaria Sungusungu plantean preguntas fascinantes sobre la justicia al margen del Estado. Su historia de resistencia al cultivo forzado de algodón es un capítulo de la lucha anticolonial que debería figurar en todos los manuales.

Los datoga, unos doscientos mil pastores nilóticos del norte de Tanzania, son los maestros herreros del África Oriental: sus pulseras de latón, puntas de flecha y cuchillos ceremoniales adornan los cuerpos de masái, hadzabe e iraqw por igual. Sus escarificaciones faciales circulares son inconfundibles, su cerveza de miel (gesuda) es legendaria y su conflicto secular con los masái los ha empujado hacia las tierras más marginales del Rift, donde resisten con tenacidad a una marginación que la modernidad no ha hecho sino agravar.

Los nyamwezi, los «pueblo de la luna», fueron los mayores comerciantes de larga distancia del África Oriental precolonial. Desde su capital en Tabora, organizaban caravanas de miles de porteadores que recorrían mil quinientos kilómetros entre el interior y la costa del Índico. Su líder más célebre, Mirambo, construyó un imperio militar que rivalizó con el sultanato de Zanzíbar. Su historia obliga a repensar la economía africana antes de la colonización.

A estos cinco pueblos habría que sumar, por supuesto, a los masái, el grupo étnico más icónico del África Oriental, que Tanzania comparte con Kenia. Los masái, con su indumentaria roja, su pastoreo seminómada y su fama guerrera, son probablemente el pueblo africano más reconocible del planeta, y su presencia en las llanuras del Serengeti y del Ngorongoro constituye uno de los paisajes humanos más memorables del continente. En nuestra guía dedicada a Kenia exploramos su cultura con el detalle que merece.

Olduvai y los orígenes de la humanidad

Antes de que existieran los hadzabe, los chagga o los nyamwezi —antes de que existiera cualquier pueblo, cualquier cultura, cualquier lengua— el territorio que hoy llamamos Tanzania fue escenario de los primeros pasos de la humanidad. La garganta de Olduvai (o Oldupai, en lengua masái), un barranco de cuarenta y ocho kilómetros de longitud excavado por la erosión en las llanuras del Serengeti oriental, es uno de los yacimientos paleoantropológicos más importantes del mundo. Fue aquí donde, en 1959, Mary Leakey descubrió el cráneo del Paranthropus boisei (apodado «Cascanueces» por sus enormes mandíbulas), y donde posteriormente se hallaron restos de Homo habilis, la primera especie a la que los científicos atribuyen la fabricación sistemática de herramientas de piedra. Los estratos de Olduvai abarcan casi dos millones de años de historia evolutiva y contienen la secuencia más completa de industrias líticas del Paleolítico inferior africano.

Pero Olduvai no es un caso aislado. A pocos kilómetros al sur, el yacimiento de Laetoli conserva las célebres huellas de pisadas de homínidos datadas en 3,6 millones de años: las marcas de al menos dos individuos de Australopithecus afarensis que caminaron erguidos sobre una capa de ceniza volcánica húmeda, dejando un rastro que la vulcanología y la climatología preservaron para siempre. Estas huellas, descubiertas en 1978 también por el equipo de Mary Leakey, constituyen la prueba más antigua y más emotiva de la marcha bípeda, el rasgo que nos define como linaje humano. Tanzania es, literalmente, el suelo donde la humanidad aprendió a caminar, y cualquier reflexión sobre las etnias que hoy la habitan debería comenzar por este dato que relativiza todas las diferencias culturales: todos los pueblos del mundo, sin excepción, descienden de individuos que un día caminaron por estas mismas llanuras.

El Serengeti y los pueblos pastores

El ecosistema del Serengeti, que abarca unos treinta mil kilómetros cuadrados de sabana entre Tanzania y Kenia, es mucho más que un escenario para documentales de naturaleza. Es un territorio humano donde durante milenios han convivido pueblos cazadores, pastores y agricultores en una relación de competencia, complementariedad y conflicto que la creación del Parque Nacional del Serengeti en 1951 alteró radicalmente. Los masái, que habían utilizado las llanuras del Serengeti como territorio de pastoreo durante al menos dos siglos, fueron progresivamente desplazados hacia la periferia del parque, un proceso que se completó con la creación del Área de Conservación de Ngorongoro en 1959 como solución de compromiso: los masái podrían permanecer en el cráter y sus alrededores, pero no dentro del parque propiamente dicho.

Esta historia de expulsión en nombre de la conservación se repite en todo el norte de Tanzania. Los datoga fueron desplazados del Ngorongoro antes que los masái, empujados hacia las tierras menos productivas del lago Eyasi. Los hadzabe vieron reducido su territorio de caza con cada nueva concesión ganadera, agrícola o turística. La ironía es que estos pueblos —los pastores y los cazadores-recolectores— son precisamente los que menos impacto ambiental generan y los que más contribuyen a mantener la biodiversidad de la sabana, como han demostrado numerosos estudios ecológicos. El Serengeti que los turistas fotografían desde sus Land Cruiser no es un paisaje «natural» prístino: es el resultado de miles de años de interacción entre seres humanos y ecosistema, una interacción que la política de conservación moderna, al expulsar a las personas, ha transformado en algo que nunca fue: un parque temático sin gente.

La Tanzania contemporánea: el legado de Nyerere y los desafíos del presente

Ninguna comprensión de las etnias de Tanzania es posible sin entender la figura de Julius Kambarage Nyerere (1922-1999), el maestro de escuela de origen zanaki que lideró la independencia del país en 1961 y lo gobernó hasta 1985. Nyerere, conocido cariñosamente como Mwalimu («maestro» en suajili), implantó una política de Ujamaa (familiaridad, socialismo africano) que, con todos sus errores económicos —la colectivización forzosa del campo fue un desastre productivo—, tuvo un efecto transformador sobre la identidad nacional. La promoción del suajili como lengua única de la administración, la educación y la vida pública creó un vehículo de comunicación compartido que disolvió las barreras lingüísticas entre los más de 120 grupos étnicos del país. La prohibición de la política étnica —los partidos no podían apelar a identidades tribales— previno la instrumentalización del sentimiento étnico que en Kenia, Ruanda y Burundi desembocó en violencia. Y la mezcla forzosa de funcionarios, maestros y policías de distintas etnias en destinos alejados de sus regiones de origen creó una generación de tanzanos que se identificaban como tanzanos antes que como sukuma, chagga o haya.

El legado de Nyerere es ambivalente. Por un lado, Tanzania es el país más estable del África Oriental, sin guerras civiles ni conflictos étnicos a gran escala desde su independencia, un logro extraordinario en una región marcada por la violencia. Por otro, la homogeneización cultural impulsada por el Ujamaa ha tenido un coste: las lenguas locales pierden hablantes, las tradiciones se diluyen en una modernidad suajili-urbana que no las valora y los pueblos pastores y cazadores-recolectores han sido sistemáticamente presionados para sedentarizarse y «modernizarse». El turismo, que hoy es la principal fuente de divisas del país, ha creado una economía dual en la que las zonas del circuito septentrional (Serengeti, Ngorongoro, Kilimanjaro, Zanzíbar) concentran la riqueza mientras el resto del país permanece en una pobreza rural que los visitantes rara vez ven. Y la corrupción, modesta en tiempos de Nyerere, ha crecido con la liberalización económica hasta convertirse en un obstáculo estructural para el desarrollo.

A pesar de todo, Tanzania sigue siendo un ejemplo de convivencia que el mundo debería estudiar con más atención. Que un país con más de 120 etnias, cuatro familias lingüísticas, tres religiones principales y una desigualdad regional considerable haya mantenido la paz durante más de seis décadas no es un accidente: es el resultado de decisiones políticas deliberadas, de una cultura de negociación y compromiso, y de la intuición profunda de Nyerere de que la identidad nacional no se construye eliminando las diferencias sino creando un espacio donde quepan todas. Los pueblos que hemos explorado en esta serie —hadzabe, chagga, sukuma, datoga, nyamwezi y los masái que comparten con Kenia— son hilos de un tejido cuya fortaleza depende de que ninguno se rompa.

Amplía tu exploración del África Oriental visitando nuestra guía general sobre las tribus del África Oriental, donde encontrarás muchos más pueblos de Tanzania, Kenia, Uganda, Etiopía y el Cuerno de África.